Lo que no se dice
porque no tiene sentido
ni tiene palabra.
Los caminos, distantes y paralelos
que andamos
son parte de la misma tierra.
Nuestros silencios
hablan el mismo idioma.
El rió corre. Adentro.
Como dije antes mi mudanza fue pequeña, y la gran diferencia de volver al lugar dejado con cierta periodicidad hace que no exista un fuerte sentimiento melancólico. Cambio mi forma de habitar el lugar anterior para expandirme en uno nuevo. Me llevé mi cama, ropa, pocas fotos, discos y libros. La modernidad hace que los discos sean pocos, hay una gran biblioteca musical guardada en esa cosa negra con teclas desde la que escribo ahora, que no me permite ver cada música que llevo. En cambio los libros ocupan mucho más el espacio, tanto como elemento decorativo anclado en una biblioteca, como algo que fue parte de un fragmento de la vida. Encontré muchos libros en mi mudanza, libros que no eran míos y tenía que devolverle a sus dueños originales, libros que eran de la casa (de mis padres mejor dicho) y que no podía llevarlos tampoco y libros que eran míos y no sabría decir cómo llegaron a mis manos. Entiendo las llegadas de Casas y de Fogwill, porque fueron una elección reciente, pero había olvidado que Pessoa fue un regalo de Sol. La dedicatoria ultra amorosa del libro de Clarice Lispector, de mi tío Pedro, recordó también ese cumpleaños cuando todavía no sabía todo lo que podía guardar la palabra Saudade. Así me sorprendió el recuerdo escolar con Boquitas pintadas y ciertos fracasos con libros que pasaron sin pena ni gloria pero recordaba haberlos llevado más de una vez en la mochila. La mayor sorpresa y la que tiene que ver con mi relato fue el libro de poemas de Baldomero Fernández Moreno.
En 1999 yo tenía diez años, en dos meses cumpliría once. Claramente ya había demostrado interés por el género porque esa misma navidad a los hijos, a algunos, también nos tocaron libros de regalo y los míos fueron una excelente antología poética infantil que seguí consultando hasta hace un mes que se lo regalé a mi sobrina y un estudio sobre poesía infantil realizado por Elsa Bornemann, ese me lo traje para estudiar ahora, poco entendía de estructuras literarias y fraseos a esa edad. Si me preguntaran en qué momento empecé a escribir, hubiese dicho que a los catorce años un verano en Lucila que me compré un cuaderno rojo, al que con Tere e Ine Raspeño le pegábamos las etiquetas que estaban atrás de los desodorantes (cosmético que habíamos empezado a usar uno o dos veranos atrás). No recuerdo mis diez años, sí me gustaba leer, pero no era una niña genio lectora. Tampoco lo soy ahora. Sin embargo algo ya inquietaba y mis padres supieron verlo. Si me hubiesen reglado otra cosa esa navidad, el interés se hubiese manifestado al pedirle a papá que me regalara el libro de Fernández Moreno.